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Abril 2026 |
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Hallan
34 pecios y
más de 150
yacimientos
desconocidos
bajo las
aguas de la
Bahía de
Algeciras
(10.04.26)
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Hallan 34 pecios y más de 150 yacimientos desconocidos bajo las aguas de la Bahía de Algeciras
Un equipo de la Universidad de Cádiz destapa 25 siglos de historia sumergida en el estrecho de Gibraltar: desde un barco púnico del siglo V a.C. hasta navíos hundidos en las batallas por el control de la Roca. Casi la mitad del patrimonio localizado necesita protección urgente
Hasta
2019, de los 125 yacimientos
arqueológicos catalogados en el
entorno de la bahía de
Algeciras, solo cuatro estaban
bajo el agua. Y de esos cuatro,
apenas uno era un naufragio: el
pecio de la Ballenera, un barco
del siglo XVII con cerámica
italiana a bordo. El resto del
fondo de la bahía -uno de los
enclaves marítimos más
transitados del planeta desde la
Antigüedad- era, para la
arqueología, un mapa en blanco.
Nadie lo había estudiado de
forma sistemática desde mediados
de los años ochenta del siglo
pasado.
Ya no lo es. El Proyecto Herakles, liderado entre mayo de 2020 y marzo de 2023 por los investigadores Felipe Cerezo Andreo y Alicia Arévalo González desde la Universidad de Cádiz, ha identificado 151 nuevos yacimientos arqueológicos subacuáticos y ha documentado en detalle 34 pecios que abarcan del siglo V a.C. al XX. Los resultados, recién publicados en las actas del I Congreso Iberoamericano de Arqueología Náutica y Subacuática (Editorial UCA, 2025), dibujan por primera vez la historia sumergida de un lugar que durante milenios ha sido puerta entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África.
Lo más llamativo: la inmensa mayoría de estos hallazgos estaban a menos de diez metros de profundidad. Algunos, a un tiro de piedra de la playa. En la primera campaña de buceo, en solo tres semanas, aparecieron 17 yacimientos nuevos. En los meses siguientes, buceando desde la orilla sin necesidad de embarcación de apoyo y a profundidades de entre cuatro y ocho metros, el equipo localizó más de 80 sitios arqueológicos expuestos sobre el lecho marino. La abundancia de restos fue tal que los investigadores tuvieron que adoptar sobre la marcha una estrategia selectiva: documentar lo máximo posible en el mínimo tiempo y con el menor impacto sobre los restos.
Para cuando el proyecto cerró su fase de campo en marzo de 2023, el recuento ascendía a 151 yacimientos: 124 clasificados como pecios, 7 fondeaderos históricos y 20 objetos aislados -anclas, fragmentos cerámicos, elementos de aparejo y otras evidencias de actividad náutica-. De todos ellos, 34 pecios fueron documentados con técnicas de detalle: fotogrametría submarina, vídeos 360°, modelado tridimensional y planimetrías digitales. Solo en uno de los 151 yacimientos se consideró necesario excavar.
La bahía de Algeciras no es un rincón olvidado ni un enclave menor. Es la sede de uno de los puertos con mayor tráfico de contenedores de todo el Mediterráneo, vecina de Gibraltar y escenario de siglos de conflictos navales por el control de una de las vías marítimas más importantes del mundo. En sus márgenes se levantaron ciudades antiguas como Carteia o Iulia Traducta. Durante la Edad Media fue frontera y punto de entrada a la Península Ibérica. En la época moderna, campo de batalla permanente entre las potencias europeas que se disputaban el dominio del Estrecho. Numerosos estudios han puesto de relieve la importancia de este entorno centrándose en la arqueología terrestre, pero el patrimonio que yacía bajo sus aguas había sido sistemáticamente ignorado. El Proyecto Herakles parte de una premisa que parece obvia pero que nadie había llevado a la práctica: no es posible construir la historia de Algeciras sin mirar lo que hay debajo de su mar.
Del siglo V a.C. al XX: lo que cuentan los pecios
Los naufragios hallados componen un catálogo que recorre prácticamente toda la historia de la navegación en el Estrecho, desde la Antigüedad púnica hasta la era contemporánea. El 24% de los 151 yacimientos identificados ha sido estudiado y documentado con suficiente detalle como para conocer su periodo de construcción o uso, su tipología y su estado de conservación. El resto está a la espera de futuras campañas.
El pecio más antiguo es el Timoncillo I, datado en el siglo V antes de Cristo, en pleno periodo púnico. Junto a él, otros seis yacimientos de la misma época confirman que la bahía fue un espacio de tránsito naval activo mucho antes de la llegada de Roma. Son testimonios de una navegación fenicio-púnica de la que hasta ahora se tenían indicios indirectos a través de la arqueología terrestre y las fuentes escritas, pero que carecía de evidencias materiales directas en el fondo de la bahía.
Del periodo romano se han identificado 23 yacimientos, el grupo cronológico más numeroso. Varios de ellos se concentran en los alrededores de la antigua Carteia, la colonia romana que se levantó en la desembocadura del río Guadarranque y que fue uno de los puertos más importantes de la Bética. La zona entre esa desembocadura y Puente Mayorga ha resultado ser un fondeadero en uso continuo desde al menos el siglo IV a.C. hasta la actualidad: más de 2.400 años de actividad ininterrumpida. Las prospecciones realizadas con GPS diferencial permitieron georreferenciar con precisión una gran cantidad de material arqueológico disperso sobre el lecho marino -cerámicas, anclas, restos de cargamentos- cuya variedad cronológica dibuja una secuencia de uso prácticamente sin interrupciones. Es uno de los fondeaderos con mayor recorrido histórico de toda la bahía y, probablemente, de todo el litoral gaditano. También se han confirmado dos pecios tardorromanos, entre ellos El Anclote, que ha sido objeto de un artículo monográfico publicado en el mismo volumen de actas. Estos hallazgos llenan un vacío cronológico importante: la transición entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media es uno de los periodos peor representados en la arqueología subacuática del sur de la Península.
Cuatro pecios corresponden al periodo medieval. Entre ellos destaca un hallazgo de especial valor: un posible pecio de cronología meriní localizado en la zona de El Rinconcillo. Los meriníes -la dinastía beréber que gobernó el Magreb entre los siglos XIII y XV- utilizaron el Estrecho como puerta de entrada a al-Ándalus en sus intervenciones militares y comerciales. La presencia de un pecio de este periodo en la bahía de Algeciras tiene coherencia histórica plena, pero desde el punto de vista arqueológico es extraordinaria: apenas existen restos conocidos de embarcaciones meriníes en ningún fondo marino. Su estudio detallado, que los investigadores sitúan entre las prioridades para futuros proyectos, podría arrojar luz sobre un capítulo prácticamente desconocido de la historia de la construcción naval y del tráfico marítimo en el Mediterráneo occidental medieval.
El grupo más numeroso de pecios por periodo es el de época moderna: 24 embarcaciones naufragadas entre los siglos XVI y XVIII, de diversas nacionalidades y tipologías. Muchas están vinculadas, directa o indirectamente, a los conflictos por el control del Estrecho y de Gibraltar. La toma británica del Peñón en 1704, los sucesivos intentos españoles de recuperarlo -incluido el Gran Asedio de 1779-1783-, las batallas navales entre potencias europeas y el incesante tráfico de contrabando que se desarrolló durante siglos en estas aguas dejaron un reguero de naufragios que los archivos históricos documentan con profusión, pero que hasta ahora prácticamente no se habían localizado bajo el agua. El Rinconcillo VIII y Puente Mayorga II, ambos del siglo XVII, y Arroyo de los Patos II, del XVIII, son algunos de los pecios más significativos de este periodo.
Pero el hallazgo que los propios investigadores califican de excepcional es el pecio Puente Mayorga IV, una lancha cañonera de finales del siglo XVIII conservada a muy poca profundidad. Fue el único yacimiento del proyecto en el que se empleó metodología intrusiva -es decir, excavación arqueológica en sentido estricto-, y hay buenas razones para ello. Las lanchas cañoneras fueron embarcaciones ligeras, de bajo calado, diseñadas para operar en aguas costeras portando una o dos piezas de artillería de gran calibre. España las utilizó intensamente durante los asedios a Gibraltar y en otras operaciones navales del XVIII. Sin embargo, a pesar de su importancia táctica e histórica, son embarcaciones de las que apenas se conservan restos arqueológicos en todo el mundo. Puente Mayorga IV es, por tanto, un hallazgo de relevancia que trasciende lo local.
El equipo realizó una
excavación sistemática completa
del pecio: dibujo manual a
escala de toda la estructura
naval, documentación
fotogramétrica, modelado 3D y
toma de muestras de madera para
identificación anatómica y
estudios dendroarqueológicos
-una técnica que permite datar
la madera mediante el análisis
de los anillos de crecimiento y,
en algunos casos, determinar la
procedencia geográfica del
material con el que se construyó
la embarcación-. Todo el proceso
fue grabado en vídeos 360°
pensados tanto para la
investigación como para la
difusión pública. Los resultados
preliminares apuntan a una
embarcación de construcción
española de finales del XVIII o
principios del XIX, lo que la
situaría en el contexto de las
operaciones navales del periodo
comprendido entre los últimos
asedios a Gibraltar y las
guerras napoleónicas.
Lo que dicen los archivos: 2.000
naufragios y un archivo perdido
El trabajo de campo se complementó con una investigación documental que, por sí sola, constituye una aportación considerable al conocimiento de la historia marítima del Estrecho. El equipo construyó varias bases de datos interrelacionadas que reúnen información procedente de archivos, museos, fotografías históricas y cartografía antigua.
La más voluminosa es la de naufragios: más de 2.000 accidentes navales registrados en la zona de Algeciras entre finales del siglo XVIII y la Segunda Guerra Mundial. Un dato que desmiente la imagen exclusivamente bélica que suele proyectarse sobre el Estrecho: el 81% de esos naufragios correspondía a embarcaciones mercantes, no militares. La bahía funcionó, ante todo, como un espacio comercial donde confluían rutas de cabotaje, travesías atlánticas y tráfico entre las dos orillas del Mediterráneo. Por banderas, el 36% de los naufragios eran británicos -lo que resulta coherente con la presencia naval de la potencia en Gibraltar-, el 25% españoles y un 8% estadounidenses.
Hay, sin embargo, una laguna documental notable. Los siglos XVI y XVII apenas cuentan con registros de naufragios en la zona, un vacío que los investigadores atribuyen a la pérdida del Archivo de Gibraltar tras la toma británica de 1704. Es una ausencia que condiciona la lectura histórica de la bahía: justamente los siglos en los que vivió algunas de sus transformaciones más intensas son los que peor documentados están.
El equipo también catalogó 128 piezas de cartografía histórica -38 cartas náuticas, 66 planos y una serie de dibujos y perfiles de costa- El 88% son del siglo XVIII, anteriores a las grandes transformaciones industriales de la bahía y a los dragados modernos, lo que las convierte en documentos de enorme valor para reconstruir cómo era la costa antes de que la industria portuaria la remodelase. Algunos de estos planos han sido georreferenciados mediante sistemas de información geográfica para superponer la línea de costa histórica con la actual y medir el alcance de las alteraciones.
La base de datos de fotografía histórica reúne más de 280 registros: imágenes aéreas, fotografías de espacios portuarios durante el periodo industrial, documentación de obras de dragado. Un recurso especialmente valioso resultó ser el archivo fotográfico subacuático de los años setenta y ochenta del siglo XX, cedido por Félix Rodríguez Lloret, pionero de la exploración submarina y de la protección del patrimonio cultural subacuático de la bahía. Las imágenes de Rodríguez Lloret mostraban anclas, ánforas y varios sitios arqueológicos que nadie había vuelto a visitar en décadas. Su digitalización permitió al equipo de Herakles relocalizar yacimientos cuya ubicación exacta se había perdido y, de paso, documentar el cambio que ha sufrido el medio marino por la actividad industrial, incluida la devastadora expansión del alga invasora Rugulopteryx okamurae, que está transformando los fondos de la bahía.
Por último, el equipo revisó los informes de las 97 intervenciones arqueológicas subacuáticas realizadas previamente en la bahía. El análisis de estos documentos -cuyo acceso, pese a ser documentación pública, presentó considerables dificultades burocráticas- resulta revelador. Del total de intervenciones, el 52% fueron negativas: no encontraron nada. Las que sí dieron resultados (48%) procedían mayoritariamente del seguimiento de dragados portuarios (42%): es decir, fueron hallazgos accidentales durante obras, no fruto de investigaciones planificadas. Las prospecciones geofísicas solo aportaron el 19% de los hallazgos positivos y los sondeos arqueológicos el 15%. El registro de 58 obras portuarias documentadas por el proyecto, con su planimetría asociada integrada en un SIG, ha permitido superponer las áreas dragadas con los informes de intervención, y la conclusión es inquietante: en zonas como el antiguo frente marítimo de Algeciras o los entornos de Isla Verde -hoy ocupados por instalaciones portuarias ganadas al mar-, la ausencia de hallazgos sugiere que los restos fueron destruidos antes de que nadie los documentase.
Un patrimonio que se desentierra solo y que nadie protege
Que prácticamente todos los hallazgos del Proyecto Herakles estén a menos de diez metros de profundidad no es casual. Los investigadores lo explican como un síntoma de un problema mayor: las obras portuarias y el cambio climático están alterando las dinámicas de transporte de sedimentos en la bahía, dejando al descubierto restos que llevaban siglos enterrados bajo el fondo marino y protegidos por él.
Algeciras alberga uno de los puertos con mayor volumen de tráfico del Mediterráneo. Décadas de dragados, rellenos y construcción de infraestructuras han transformado radicalmente la bahía. El río Guadarranque, cuya desembocadura era el corazón de la antigua Carteia, ha visto alterado su cauce y su dinámica sedimentaria. Zonas costeras enteras han desaparecido bajo explanadas portuarias. Y el resultado de todas esas intervenciones es que pecios y materiales arqueológicos que habían permanecido estables durante siglos, protegidos por capas de arena y fango, están quedando expuestos a la acción del agua, la erosión biológica y los impactos mecánicos. Es lo que explica que tantos restos aparecieran en aguas tan someras y tan cerca de la playa: no es que los barcos naufragaran ahí, sino que el sedimento que los cubría ha desaparecido.
Si bien es cierto que la bahía cuenta con la figura de protección de Servidumbre Arqueológica -que en teoría protege el patrimonio que potencialmente exista bajo sus aguas-, en la práctica, advierten los investigadores, el deterioro es notable. El patrimonio subacuático está sometido a riesgos de alto impacto: la actividad portuaria (dragados y fondeos), la industrial (obras de infraestructura), la turística (degradación y expolio por desconocimiento), el desarrollo urbanístico y los cambios que estas acciones provocan en el medio marino.
El diagnóstico es preocupante. Según el estudio, el 56% del patrimonio documentado se encuentra en buen estado de conservación, pero el 44% restante necesita atención inmediata: estudio, protección y, en algunos casos, intervención urgente. Y eso contando solo con lo que se ha podido examinar, que es apenas el 23% de la superficie de la bahía, la franja más cercana a la costa.
Las zonas profundas -el 77%
restante- permanecen sin
explorar y están sometidas a
otra amenaza que los
investigadores señalan con
especial preocupación: la
actividad de fondeo de los
grandes cargueros y buques que
llegan a Algeciras y Gibraltar.
Estos barcos fondean a entre 60
y 90 metros de profundidad con
pesadas cadenas y anclas de más
de veinte toneladas que
arrastran por el fondo en cada
maniobra de fondeo y leva. Si
existen restos arqueológicos en
esas profundidades -y la lógica
histórica y la base de datos de
más de 2.000 naufragios sugieren
que los hay-, el impacto de esa
actividad puede ser
irreversible. Es un patrimonio
que podría estar destruyéndose
sin que nadie lo sepa.
Ante esta situación, el Proyecto
Herakles ha puesto los datos
recopilados en conocimiento de
las instituciones con
competencias sobre este
patrimonio: el Centro de
Arqueología Subacuática del
Instituto Andaluz del Patrimonio
Histórico, la Autoridad
Portuaria de la Bahía de
Algeciras, Capitanía Marítima,
la Mancomunidad de Municipios
del Campo de Gibraltar, el
Ayuntamiento de Algeciras, la
Guardia Civil y la Armada. Los
investigadores esperan que la
información generada por el
proyecto sirva para elaborar
capas de riesgo que indiquen el
grado de urgencia en la
intervención sobre cada
yacimiento y permitan diseñar
estrategias eficaces de gestión
y protección.
Un nuevo proyecto, denominado Port-SUB y centrado en la gestión inteligente del patrimonio cultural subacuático en espacios portuarios de Andalucía, ha nacido directamente de las amenazas identificadas durante Herakles. Se ha presentado a la convocatoria de ayudas del Plan Complementario de Ciencias Marinas, dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.
Paralelamente, el equipo ha diseñado un proyecto piloto pionero en Andalucía para crear un yacimiento arqueológico visitable en la zona de Getares, como punto de partida para un futuro parque arqueológico subacuático. La idea es convertir parte de ese patrimonio sumergido en un recurso turístico sostenible, involucrando a las empresas de buceo recreativo de la zona y a los agentes locales. Las actividades de divulgación realizadas durante Herakles han incluido experiencias de «buceo en seco» con modelos virtuales y vídeos inmersivos, y la publicación de modelos 3D de piezas arqueológicas reales en plataformas abiertas como Sketchfab, donde cualquier persona puede explorar virtualmente los restos documentados en el fondo de la bahía.
El Proyecto Herakles ha servido también como espacio formativo: alumnos del Máster en Arqueología Náutica y Subacuática de la Universidad de Cádiz han realizado sus prácticas en las campañas, y varios trabajos fin de máster y tesis doctorales se han desarrollado al amparo de la investigación.
Los investigadores reconocen que lo hecho hasta ahora es solo el principio. Queda por analizar en detalle cada uno de los 151 yacimientos identificados y abordar las zonas profundas de la bahía, que constituyen la mayor parte de su extensión. Entre los pecios que consideran prioritarios para futuros estudios mediante sondeos arqueológicos citan el Timoncillo I (siglo V a.C.), el Guadarranque III (siglo I a.C.), el pecio meriní de El Rinconcillo, el Rinconcillo VIII (XVII), Arroyo de los Patos II (XVIII), Puente Mayorga II (XVII) y Puente Mayorga IV (XVIII-XIX). Su análisis detallado podría aportar información inédita sobre el comercio, el tráfico marítimo y la tecnología naval de periodos de los que el conocimiento arqueológico es todavía muy escaso.
Pero el mensaje de fondo del estudio trasciende la lista de hallazgos. Construir la historia de Algeciras sin tener en cuenta lo que hay bajo sus aguas es, concluyen, imposible. No se puede entender el papel que el mar ha jugado en el desarrollo de esta zona sin conocer en profundidad su costa y su evolución, la articulación de la navegación y su patrimonio sumergido. Los restos dispersos por el fondo de la bahía -no solo los pecios excepcionales, sino también los fragmentos más modestos- cuentan historias de peligros para la navegación, lugares seguros, zonas de tránsito, espacios de fondeo y vida cotidiana a bordo. Son las huellas de las personas que han navegado a orillas del Estrecho durante veinticinco siglos. Y si no se documenta y protege lo que queda, se perderá para siempre.
«El mar está lleno de historias, historias de personas que se movieron en barcos de los cuales algunos naufragaron», escriben los autores. «Estudiar, proteger e interpretar estos sitios es responsabilidad de los arqueólogos subacuáticos y de colegas de otros campos en un esfuerzo interdisciplinario. Darlos a conocer a la ciudadanía es responsabilidad de todos».
ESCAFANDRA/elestrechodigital
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Nuevos Patronos de Honor de la Fundación Titanic
El Almirante Fernando del Pozo, el chef Ferran Adriá, el director general de la Marina Mercante Rafael Rodríguez Valero y el doctor en Ciencias Geológicas Luís Alcalá, nuevos Patronos de Honor de la Fundación Titanic.
Cada
día 10 de abril, a las 12:00,
día y hora en que el Titanic
zarpó, en su primera singladura,
del puerto británico de
Southampton, hace 114 años, la
Fundación Titanic da a conocer
los nombres de los nuevos
Patronos de Honor, que pasan a
formar parte de la prestigiosa
relación de personalidades
internacionales que ya forman
parte del Patronato,
S.M. La Reina de Inglaterra e Irlanda del Norte: Elisabeth II; Presidente de la República Francesa: François Hollande; Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica: Barack Obama; Clive Palmer, presidente de Blue Star Line (TITANIC II); Vicente Zaragüeta, presidente del Aquarium de San Sebastián y decano ejemplar de los Aquarium de Europa; Princesa Elettra Marconi, hija de Guglielmo Marconi; Ernesto Páramo, creador del Parque de las Ciencias de Granada; Enrique López Veiga, Conselleiro do Mar de la Xunta de Galicia; José López Cortés, presidente de Bathco; Luís del Olmo, periodista radiofónico español y Rafael Nadal, tenista, número 1 del mundo, que fueron nombrados en años anteriores.
Los nombramientos de Patronos de Honor se corresponden con homenajes a distintos tripulantes, o pasajeros del Titanic.
El nombramiento del Almirante Fernando del Pozo, primer español en ocupar la responsabilidad de director del Estado Mayor Internacional de la OTAN, es en homenaje al capitán del Titanic, Edward John Smith.
El Chef Ferran Adriá, tres estrellas Michelin y nombrado, en cinco ocasiones, como el mejor chef del mundo, rinde homenaje al “dios” de la cocina mundial, el chef francés Auguste Escoffier, autor de los menús que se sirvieron a bordo del Titanic.
En homenaje al primer oficial del Titanic, Willians Murdoch, uno de los héroes de la tragedia, ha sido nombrado Patrono de Honor Rafael Rodríguez Valero, ex director general de la Marina Mercante y expresidente de la autoridad portuaria de Ceuta.
Y como homenaje a la cultura, en la persona pasajero del Titanic Benjamín Guggenheim, ha sido nombrado Patrono de Honor, Luís Alcalá, doctor en Ciencias Geológicas, investigador del Institute of Evolution in África y responsable de la instalación del Pabellón del Titanic en el Parque de las Ciencias de Andalucía, del que fue director gerente.
La entrega de los títulos a los nuevos Patronos de Honor la realizarán, como es costumbre, los últimos Patronos nombrados que, en este caso, son el tenista Rafael Nadal y el periodista Luís del Olmo.
ESCAFANDRA/np
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¿Por qué las orcas abandonan el estrecho de Gibraltar y se adelantan en masa a Galicia?
El cambio de ruta de estos cetáceos desconcierta a científicos y autoridades mientras aumentan los incidentes en el norte y caen en el sur
Las
orcas han cambiado su calendario
y también su mapa. Lo que hasta
hace poco era un paso breve y
previsible por el Atlántico
norte se ha convertido en un
movimiento adelantado y más
intenso hacia las costas
gallegas, dejando al estrecho de
Gibraltar con una actividad
inusualmente baja.
Durante años, estos cetáceos siguieron un patrón casi inmutable. Llegaban al estrecho en primavera, atraídas por la entrada del atún rojo, y desde allí iniciaban una migración hacia el Cantábrico, en dirección al Golfo de Vizcaya, donde pasaban el invierno. En ese tránsito, su paso por Galicia era breve, casi fugaz.
El cambio en el comportamiento del atún podría estar detrás del giro inesperado de las orcas
Ahí es donde entra en juego su presa principal. Tras reproducirse en el Mediterráneo, los atunes abandonan estas aguas cálidas y cruzan el Estrecho hacia el Atlántico, emprendiendo un viaje hacia el norte para alimentarse en aguas más frías. Este desplazamiento de vuelta suele ocurrir a finales de verano o principios de otoño. Siguen la costa ibérica hacia el norte, aprovechando las corrientes marinas para alimentarse de sardinas, boquerones y otros peces pequeños, lo que les lleva a las ricas aguas de Galicia. Ese calendario ha marcado históricamente los movimientos de las orcas, que simplemente seguían a su alimento.
Sin embargo, 2026 ha roto ese guion. Las orcas han llegado antes de lo esperado a Galicia, apenas comenzada la primavera. Este adelanto ha sorprendido tanto a científicos como a navegantes, que ya notan el cambio en el mar.
Los investigadores no descartan que este giro tenga que ver con una alteración en el comportamiento del propio atún. El atún rojo del Atlántico modificará su distribución a lo largo del siglo XXI como consecuencia directa del cambio climático, según concluye un reciente estudio internacional publicado en la revista Fish and Fisheries. La investigación, titulada Navigating Future Waters: The Resilience of the Atlantic Bluefin Tuna Under Climate Change, proyecta que el aumento de la temperatura del océano empujará a la especie hacia latitudes más septentrionales en busca de aguas más frías y productivas.
El desplazamiento implicará
una pérdida de hábitat en
regiones templadas y una
ganancia de condiciones
favorables en zonas como el
norte de Europa, Groenlandia o
el Atlántico nororiental. Las
dos principales áreas de
reproducción del atún rojo -el
mar Mediterráneo y el golfo de
México- podrían verse gravemente
afectadas.
Menos incidentes en el
sur, más en el norte
El desplazamiento también se refleja en las cifras. Las llamadas “interacciones” entre orcas y embarcaciones han caído con fuerza en el sur, especialmente en el entorno del Estrecho, donde han pasado de 90 en 2023 a solo 18 en 2025.
En paralelo, el fenómeno se traslada al norte. En aguas de Galicia y Cantabria, los incidentes han aumentado, pasando de 17 a 27 en ese mismo periodo. En total, el número global ha descendido cerca de un 60% en dos años, pero el foco geográfico ha cambiado.
Desde 2020, estos encuentros -que incluyen persecuciones y golpes a embarcaciones- han generado preocupación. Algunos episodios han terminado con timones destrozados o incluso barcos hundidos, obligando a intervenir a Salvamento Marítimo.
Las orcas no cambian de ruta por capricho siguen a su alimento
El origen de este comportamiento sigue sin estar del todo claro. Un grupo de expertos de España y Portugal concluyó en 2024 que podría tratarse de una especie de “moda” entre las orcas, un comportamiento aprendido y replicado dentro de sus grupos familiares, favorecido por la abundancia de alimento.
Estos animales se desplazan
en unidades familiares,
mezclando adultos y crías, lo
que facilita la transmisión de
conductas. Ese aprendizaje
social podría explicar por qué
ciertos comportamientos se
intensifican en determinadas
zonas y momentos.
Galicia, nuevo punto
caliente
Con la temporada de avistamientos arrancando en abril, Galicia vuelve a situarse en el centro del fenómeno. El Ministerio para la Transición Ecológica ha identificado áreas de alto riesgo de interacción, especialmente en la ría de Arousa, Fisterra y la Costa da Morte.
En estos puntos, donde la presencia de orcas es cada vez más frecuente, se recomienda extremar la precaución hasta octubre. Las autoridades aconsejan reducir la navegación en las zonas más sensibles y optar por rutas próximas a la costa dentro de los márgenes de seguridad.
El objetivo es claro: anticiparse a un comportamiento que, aunque fascinante, sigue siendo imprevisible.
ESCAFANDRA/europasur
Profundidades de los océanos permanecen desconocidas, mientras seguimos explorando el espacio exterior
Más de mil veces la presión del nivel del mar y oscuridad total; explorar los océanos es más difícil que viajar al espacio, pero de ello depende la supervivencia climática
Amparo
Castañeda | Hemos
fotografiado galaxias a millones
de años luz de distancia. Hemos
enviado sondas más allá del
sistema solar y puesto a más de
600 personas en órbita. Sin
embargo, en pleno siglo XXI,
seguimos sin conocer la mayor
parte de nuestro propio planeta,
como los océanos.
Más del 80% del océano permanece inexplorado. Y cuando se trata de sus zonas más profundas, el nivel de desconocimiento es aún más extremo: se estima que solamente hemos estudiado menos del 0.001%.
La comparación con la exploración espacial es reveladora. Mientras la humanidad ha invertido décadas y miles de millones de dólares en entender lo que ocurre fuera de la Tierra, el mundo que se encuentra bajo la superficie marina ha quedado, en gran medida, relegado.
Explorar el océano profundo es mucho más complejo que viajar al espacio por la hostilidad del mar
En el vacío espacial, el principal desafío es la ausencia de presión. En el océano ocurre lo contrario. A casi 11,000 metros de profundidad, en puntos como el Abismo Challenger dentro de la Fosa de las Marianas, la presión supera más de mil veces la que experimentamos a nivel del mar. Es una fuerza capaz de colapsar estructuras en cuestión de instantes. Cualquier vehículo que descienda a esas profundidades debe resistir condiciones extremas, donde un fallo mínimo implica una implosión inmediata.
A esto se suma la oscuridad
total. La luz solar apenas
penetra unos 200 metros en el
océano. Más allá de ese punto,
el entorno es completamente
negro. A diferencia del espacio,
donde los instrumentos pueden
captar señales a grandes
distancias, en el fondo marino
la visibilidad es prácticamente
nula y la comunicación se vuelve
limitada y poco fiable, ya que
las ondas de radio no se
transmiten eficazmente bajo el
agua.
El entorno, además, es dinámico
e impredecible. Corrientes,
variaciones de temperatura,
salinidad y un ecosistema en
gran parte desconocido
convierten cada inmersión en una
operación de alto riesgo.
Incluso los materiales se
degradan: el agua salada es
altamente corrosiva y afecta
equipos, sensores y estructuras.
A pesar de estas dificultades, ha habido incursiones puntuales. Menos de 30 personas han descendido hasta el punto más profundo del planeta. Entre ellas, el cineasta y explorador James Cameron, quien en 2012 realizó un descenso en solitario que evidenció tanto el avance tecnológico como las limitaciones actuales de la exploración oceánica.
Pero más allá del desafío técnico ¿por qué sabemos tan poco?
La respuesta es política y económica. La exploración espacial ha estado impulsada por intereses estratégicos: competencia entre potencias, desarrollo tecnológico, comunicaciones satelitales y, más recientemente, la posibilidad de colonizar otros cuerpos celestes. Instituciones como la NASA han canalizado inversiones multimillonarias bajo estos objetivos.
El océano profundo, en cambio, carece de ese mismo impulso geopolítico, a pesar de su relevancia crítica. Y esto representa una paradoja.
Porque lejos de ser un espacio vacío, el fondo marino alberga ecosistemas únicos. Existen formas de vida que no dependen de la luz solar, sino de procesos químicos, en entornos como las ventilas hidrotermales. Organismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas han llevado a replantear hipótesis sobre el origen de la vida en la Tierra e incluso sobre la posibilidad de vida en otros planetas.
Además, el océano juega un papel central en la regulación del clima global. Actúa como uno de los mayores sumideros de carbono del planeta y es clave en la distribución de calor a través de corrientes marinas. Su alteración podría tener consecuencias directas en los sistemas climáticos que sostienen la vida tal como la conocemos.
El desconocimiento además de una limitación científica, se vuelve un riesgo.
Paradójicamente, hoy sabemos más sobre la superficie de Marte que sobre vastas regiones de nuestros propios océanos. La humanidad ha mirado hacia el cielo en busca de respuestas, mientras el entorno más cercano sigue siendo, en gran medida, un territorio inexplorado.
La exploración espacial continuará avanzando, impulsada por ambiciones tecnológicas y estratégicas. Pero quizá el mayor vacío de conocimiento no esté a millones de kilómetros de distancia, sino bajo la superficie del planeta que habitamos.
Entenderlo va más allá de la curiosidad, podría significar una cuestión de supervivencia.
ESCAFANDRA/tvazteca
Buceador turco bate el récord de la inmersión más larga en aguas frías
El instructor turco de buceo Mazlum Kibar ha conseguido establecer un nuevo récord mundial Guinness por la inmersión en mar más larga del mundo.
Entró
en el mar Egeo, a 12 °C, junto
con su equipo de apoyo en la
playa de Mimoza, en la ensenada
de Anzac, en la península de
Gallipoli, en Turquía, a las 7
de la mañana y permaneció a una
profundidad de 7 metros durante
36 horas, 9 minutos y 36
segundos antes de emerger la
noche siguiente.
El récord anterior lo ostentaba
Cem Karabay, compatriota de
Kibar, quien permaneció bajo el
agua durante 30 horas y 20
minutos en abril de 2018,
también en Gallipoli (Çanakkale).
Karabay ostenta numerosos
récords de resistencia tanto en
aguas frías como cálidas.
La inmersión de Kibar duró
casi un 20% más que la de
Karabay hace ocho años. Un juez
de los Récords Mundiales
Guinness (GWR) viajó desde
Portugal para supervisar el
nuevo intento y pudo confirmar
el récord y otorgar el
certificado en el lugar.
Kibar, de 32 años y residente en Estambul, dedicó su inmersión récord al aniversario de la victoria naval otomana en Galípoli el 18 de marzo de 1915, y al Día de Conmemoración de los Mártires.
Su intento se produjo tras una inmersión de prueba de 13 horas. Kibar utilizó una máscara de buceo integral, que se quitaba intermitentemente para alimentarse. En lugar de depender de ella para comunicarse durante un periodo tan prolongado, él y sus buceadores de apoyo utilizaron pizarras. Los miembros del equipo también le dieron masajes para ayudarle a mantener la circulación en el agua fría.
Kibar, que empezó a bucear siendo adolescente en 2011, espera emular a Karabay y establecer múltiples récords en diversos entornos, incluyendo no solo en mares frios, sino también piscinas cerradas, lagos y mares cálidos.
“Como equipo de 75 personas, logramos este increíble hito con dedicación y unidad”, dijo tras la inmersión. “Cada momento demostró el poder de la perseverancia y el trabajo en equipo. Sigamos superando los límites juntos”.
ESCAFANDRA/dn
Hallan el buque insignia danés Dannebroge después de 225 años
Arqueólogos marinos han identificado los restos del acorazado danés Dannebroge, perdido durante la batalla de Copenhague en 1801, en aguas cercanas a la capital danesa.
Tras
haber permanecido oculto por más
de dos siglos en las
profundidades del puerto de
Copenhague, arqueólogos marinos
han localizado los restos de un
emblemático buque de guerra
danés que fue hundido por el
almirante Horatio Nelson y la
armada británica. El hallazgo se
produce en un contexto de
urgencia arqueológica, debido al
avance de proyectos urbanísticos
en la zona.
Los especialistas se enfrentan a condiciones extremas, operando entre sedimentos de gran grosor y con una visibilidad prácticamente nula a 15 metros bajo el nivel del mar. Los buzos trabajan en una carrera contra el tiempo para rescatar lo que queda del Dannebroge, una embarcación del siglo XIX, antes de que el sitio sea transformado en una zona de construcción para un nuevo barrio residencial que se levanta frente a la costa de Dinamarca.
El Museo de Barcos Vikingos de Dinamarca, institución que coordina estas complejas excavaciones submarinas iniciadas hace meses, presentó los resultados de sus trabajos el pasado jueves. La fecha coincide simbólicamente con el cumplimiento de los 225 años de la histórica Batalla de Copenhague, ocurrida en 1801.
Respecto a la relevancia de este descubrimiento, Morten Johansen, quien se desempeña como jefe de arqueología marítima de la institución mencionada, destacó el valor histórico del navío:
A pesar de que existen múltiples relatos históricos sobre este enfrentamiento naval escritos por observadores de la época, Johansen señaló que aún persisten incógnitas sobre la experiencia real de los marineros. “En realidad no sabemos cómo era estar a bordo de un barco siendo destrozado por buques de guerra ingleses, y probablemente podamos averiguar parte de esa historia viendo los restos del naufragio”, explicó el experto sobre el potencial de la investigación actual.
Durante la histórica Batalla de Copenhague, la flota británica liderada por Nelson ejecutó un ataque decisivo contra la armada danesa, la cual había establecido un bloqueo defensivo en las inmediaciones del puerto local.
Este violento encuentro naval, que se extendió por varias horas, se saldó con miles de fallecidos y heridos, siendo catalogado como una de las intervenciones militares más significativas de la carrera de Nelson. El objetivo estratégico del ataque era forzar la salida de Dinamarca de una coalición de potencias del norte que incluía a Rusia, Prusia y Suecia.
El destino del buque insignia
En el epicentro del conflicto se hallaba el Dannebroge, el buque insignia de la flota danesa que estaba bajo la dirección del comodoro Olfert Fischer.
Esta embarcación, que contaba con una eslora de 48 metros (157 pies), se convirtió en el blanco primordial de los ataques de Nelson. La artillería británica logró perforar la cubierta superior del navío, y el uso de proyectiles incendiarios terminó por desatar un incendio incontrolable en el barco.
Sobre la brutalidad del combate, Johansen describió un escenario desolador para los tripulantes:
- “Estar a bordo de uno de esos barcos era una pesadilla. Cuando una bala de cañón impacta en un barco, no es la bala en sí lo que causa el mayor daño a la tripulación, sino las astillas de madera que salen volando por todas partes, como si fueran restos de una granada”
El enfrentamiento también es recordado por la anécdota que supuestamente dio origen a la expresión “hacer la vista gorda”. Nelson, quien carecía de visión en su ojo derecho, decidió ignorar deliberadamente las señales de retirada enviadas por un superior, comentando: “Solo tengo un ojo, tengo derecho a estar ciego a veces”.
La batalla concluyó cuando el almirante británico propuso una tregua, que derivó en un cese al fuego acordado con el príncipe heredero Federico de Dinamarca.
Reliquias rescatadas del abismo
Tras el combate, el Dannebroge quedó gravemente dañado y se desplazó hacia el norte hasta que finalmente explotó. Las crónicas de la época aseguran que la detonación generó un estruendo ensordecedor que se sintió en toda la capital danesa.
En las excavaciones actuales, el equipo de arqueólogos ha logrado recuperar diversos objetos de gran valor histórico, entre los que se encuentran:
- Dos cañones de artillería.
- Fragmentos de uniformes e
insignias militares.
- Calzado, botellas y otros
artículos personales.
- Una porción de la mandíbula
inferior de un marinero,
perteneciente probablemente a
uno de los 19 tripulantes que
figuran como desaparecidos tras
el siniestro.
El terreno donde reposan los restos quedará pronto sepultado por la construcción de Lynetteholm, un ambicioso megaproyecto urbano que busca edificar un nuevo distrito en el puerto de Copenhague, con una fecha estimada de finalización para el año 2070.
Las labores de prospección iniciaron a finales de 2023, enfocándose en las coordenadas exactas que coincidían con la ubicación final registrada del buque insignia danés.
Los peritos han confirmado que las dimensiones de los maderos hallados concuerdan con los planos antiguos del navío. Asimismo, pruebas de datación dendrocronológica (análisis de los anillos del árbol) han verificado que la madera corresponde al periodo de construcción de la nave. Sin embargo, el sitio presenta riesgos constantes para los buzos, ya que el lecho marino está plagado de balas de cañón sumergidas en la oscuridad.
Marie Jonsson, arqueóloga marítima y buceadora del proyecto, relató las dificultades sensoriales bajo el agua:
“A veces no se ve nada, y entonces uno tiene que guiarse por el tacto, mirar con los dedos en lugar de con los ojos”
Este evento bélico de 1801, ampliamente documentado en el arte y la literatura, constituye un pilar fundamental de la identidad histórica de Dinamarca.
Con estas investigaciones, los arqueólogos aspiran a ofrecer una nueva perspectiva sobre el suceso que marcó el futuro de la nación escandinava, permitiendo conocer los relatos individuales de quienes combatieron en aquella jornada de hace más de dos siglos.
“Hay botellas, cerámica e incluso cestas. Te permite conectar mejor con la gente a bordo”, concluyó Jonsson sobre la importancia de los hallazgos domésticos encontrados en el naufragio.
ESCAFANDRA/kchcomunicacion
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Coral Gardeners y Sylvia Earle impulsan un nuevo proyecto para proteger los océanos
La legendaria exploradora marina y el colectivo Coral Gardeners se reunieron en Tailandia en el marco de la iniciativa Rolex Perpetual Planet para restaurar uno de los ecosistemas más amenazados del planeta.
Fernando
Gómez | Los océanos cubren
más del 70 % de la superficie de
la Tierra y, sin embargo, siguen
siendo uno de los territorios
más frágiles del planeta. En el
golfo de Tailandia, donde viven
más de 300 especies de coral, el
aumento de la temperatura del
agua y los fenómenos de
blanqueamiento están poniendo en
riesgo ecosistemas enteros y a
las comunidades que dependen de
ellos.
En ese escenario se cruzaron
dos generaciones de defensores
del océano: Sylvia Earle, una de
las exploradoras marinas más
influyentes del mundo y
Testimonial de Rolex desde hace
décadas, y Titouan Bernicot,
fundador de Coral Gardeners, un
colectivo internacional dedicado
a restaurar arrecifes.
Su encuentro en las islas tailandesas de Koh Mak y Koh Kood forma parte de la Iniciativa Rolex Perpetual Planet, un programa que impulsa proyectos científicos y ambientales destinados a proteger los ecosistemas del planeta.
Restaurar los jardines del océano
Coral Gardeners nació en 2017 en la Polinesia Francesa con una misión clara: restaurar arrecifes dañados y devolverles vida. El método combina ciencia, tecnología y trabajo comunitario. Los investigadores recolectan fragmentos de corales resistentes, los cultivan durante años en viveros y luego los reintroducen en los arrecifes para reconstruir el ecosistema.
Hasta ahora, el equipo ha logrado plantar más de 200.000 corales y abrir nuevas sedes internacionales para expandir su trabajo.
La nueva filial en Tailandia marca un paso importante para la organización. Allí se construyó el primer vivero terrestre de Coral Gardeners en el sudeste asiático, capaz de albergar hasta 40 tanques y cultivar decenas de miles de corales, que luego serán trasplantados a los arrecifes cercanos.
Un posible nuevo “Hope Spot”
La visita de Sylvia Earle tiene también un objetivo estratégico. La oceanógrafa fundó la organización Mission Blue, que identifica zonas marinas clave para su conservación, conocidas como Hope Spots.
El equipo espera que las aguas alrededor de Koh Mak y Koh Kood puedan convertirse en el primer Hope Spot del golfo de Tailandia, lo que aumentaría las posibilidades de protección y visibilidad internacional para la región.
Estos espacios son considerados esenciales para la biodiversidad marina y para las comunidades que dependen de los océanos para vivir.
El corazón azul del planeta
Con más de 7.500 horas de exploración submarina y más de cien expediciones científicas, Sylvia Earle lleva décadas defendiendo la idea de que el océano es el verdadero sistema vital de la Tierra.
Hoy, el movimiento global impulsado por Mission Blue busca proteger al menos el 30 % de los océanos del mundo para 2030, una meta considerada clave por científicos y organizaciones ambientales para preservar la biodiversidad marina.
“Ninguna persona puede hacerlo todo, pero cada persona puede hacer algo. Juntos realmente podemos marcar la diferencia”, suele decir Earle.
Ciencia, juventud y océanos
El trabajo de Coral Gardeners también apunta a algo más amplio que la restauración de arrecifes: crear una nueva generación de defensores del océano.
A través de ciencia, tecnología y una fuerte presencia en redes sociales, el colectivo busca acercar la conservación marina a públicos más jóvenes y demostrar que proteger los arrecifes es también proteger la vida en la Tierra.
En ese contexto, iniciativas como Perpetual Planet de Rolex buscan impulsar proyectos científicos, exploración y programas de conservación que contribuyan a preservar el equilibrio de los ecosistemas.
Porque, como recuerdan quienes dedican su vida a estudiar el mar, el futuro del planeta sigue dependiendo del corazón azul que late en sus océanos.
ESCAFANDRA/mc
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