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    Año XIII,  nº VIII

  Enero 2008

EL MISTERIO DE LA ISLA MISTERIOSA Y SU TESORO

(I parte)

 

INTRODUCCIÓN 

Galeones con tesoros: un patrimonio aparentemente olvidado

  Quiero agradecer la oportunidad que esta magnifica revista me ha brindado al poder escribir este articulo sobre la desaparición, en noviembre de 1605, de cuatro de los galeones de la armada de Tierra Firme mandada por Luis Fernández de Córdoba y del tesoro hallado por Simon Zacarías en una isla del Mar Caribe.

  Los mares de nuestro planeta tierra están plagados de barcos naufragados repletos de riquezas que siguen siendo patrimonio de los peces más que de la cultura. No hay que olvidar que oro y plata fueron los metales de los dioses y así siguen siendo. Para no tocar este desmesurado “patrimonio” nada mejor que “inventar” la arqueología subacuática y su dogmático credo. ¿Que hacemos para que esta riqueza sigua allí para las generaciones venideras? ¡La arqueología y los arqueólogos! Ellos serán los guardianes, basta con hacerles creer que todo lo que tanga más de 100 años (y a veces menos) es cultura y ciencia. Serán fieles y vigilantes y además baratos, porque desde que nació esta rama de la arqueología siempre escuchamos,: ¡no hay dinero! Pero el mar está cada vez más enfermo y los recientes casos de vertidos de combustible demuestran claramente y rotundamente que el mejor sitio no es el fondo del mar, sino los museos.

  Soy un gran amante de la cultura marítima y del mar, pues, nací en Trieste, ciudad volcada al mar y desde 1997, año que comencé a tener una página Web que indudablemente fomentó en mucho esta cultura, he dado prueba de ellos. En marzo del año pasado salió publicado mi primer libro Galeones con tesoros http://www.mmoya.com/america/titulos/galeones/index.html que espero sea el comienzo de muchas más publicaciones.

  Finalmente, solo me queda augurar que a este mi primer articulo en Escafandra les sigan muchos más, siempre en pro de la cultura de nuestro amado (y castigado) mar.

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   GALEONES SAN ROQUE, SANTO DOMINGO, SAN AMBROSIO Y NUESTRA SEÑORA DE BEGOÑA

   (Varios lugares)

   EL MISTERIO DE LA ISLA MISTERIOSA Y SU TESORO

   La primera pista de la historia del tesoro de la isla Misteriosa (que nada tiene que ver con la famosa de la novela de R. L. Stevenson) la encontré en 1983 en el legajo 2699 de la sección Indiferente General del Archivo de Indias. En él hay varios documentos r relacionados con Gaspar de los Reyes Palacios que tuvo parte activa en la saca de la plata de la almiranta Nuestra Señora de las Maravillas de 1656. Alrededor de 1670 se le preguntaba qué sabía de una isla Misteriosa donde había naufragado un galeón. Este dato lo fiché y guardé por si acaso y allí quedó. En 1985, con ocasión de una visita que hice en Madrid, compré en la librería del Ministerio de Cultura que en aquel entonces estaba situada en la central Gran Vía, el Catalogo de mapas y planos de Santo Domingo del Archivo de Indias. En la página 90, año 1688, se describe una isla Misteriosa hallada por Simón Zacarías entre Cuba y Cartagena de Indias. Fue otro dato más que añadí al fichero sobre la historia vinculada a esta isla. En varias ocasiones intenté alcanzarla, pero a pesar de haber llegado muy cerca, no lo logré. Vayamos por pasos, y conozcamos esta increíble historia desde su comienzo, allá por el año de 1605.

    A lo largo de todo el mes de octubre de 1605, en el puerto de Cartagena los preparativos de la armada y flota de Tierra Firme fueron incesantes. Tras la feria de Portobelo (Panamá), donde las transacciones comerciales movían millones de pesos, la plata que venía de Potosí, las esmeraldas y el oro se iban acumulando para ser embarcados y llevados para Sevilla, puerto de destino de esta flota, entonces mandada por el general Luis Fernández de Córdoba y Sotomayor.

   La componían los siguientes nueve barcos: 1 Galeón capitana San Roque 2 Galeón almiranta Santo Domingo

  •    3 Galeón de plata San Ambrosio

  •    4 Galeón Nuestra Señora de Begoña

  •    5 Galeón San Cristóbal

  •    6 Galeón San Martín

  •    7 Galeón San Gregorio

  •    8 Nao San Pedro

  •    9 Patache de armada

   Finalmente, el día primero de noviembre, los barcos zarparon hacia La Habana, último puerto americano antes de emprender la singladura de cruzar el Atlántico.

   Determinar la carga que venía en las bodegas y entre los fardos de los pasajeros es tarea ardua, pues el contrabando, que en esta época podía llegar al 250% de lo declarado, hace imposible barajar cifras. Por experiencia sobre barcos llegados anteriormente, operaciones de rescate efectuadas sobre otros galeones naufragados y varias denuncias de contrabando, se puede determinar que en el San Roque venían 8 o 9 millones de pesos. Casi la misma cantidad en la almiranta y seguramente 3 millones en cada uno de los demás galeones.

   Componían la carga metales preciosos, monedas de plata, de oro, barras de plata, tejos y lingotes de oro, esmeraldas, joyas en las más variadas formas, planchones de oro, piñas de plata y discos de oro. Pasados al sistema métrico decimal, los 8 o 9 millones de pesos del San Roque debían de alcanzar las 200 y las 240 toneladas.

   Recíbanse y pásense en cuenta a los jueces oficiales de la real hacienda de Su Majestad de esta ciudad de  Panamá y provincias de Veragua, 1.568 barras de plata, chicas y grandes, ensayadas y marcadas con la marca real y contramarcadas con la coronilla y cifra que dice Potosí y otra que dice el nombre del rey don Felipe, nuestro señor, y por letras Potosí, contramarcadas con la letra “B” de valor de 729.895 pesos, 6 tomines y 8 granos de plata ensayada de a 451 maravedíes cada peso, que por mano de los oficiales reales de este reyno, gobernador Juan Pérez de Lezcano, tesorero el dicho Juan de Ybarra, factor Alonso Sotelo, remitieron y enviaron a los reynos de España en la real armada, general Luis Fernández de Córdoba y Sotomayor, que se despachó del puerto de la ciudad de San Felipe de Portobelo esté presente año de 1605 registrados en siete partidas. La una con 245 barras en el galeón nombrado San Roque, capitana de la dicha armada, maestre de plata Ruy Gómez de Lisboa; otra de 323 barras en el galeón Santo Domingo, almiranta, maestre de plata Diego Ramírez Daza; otras 200 barras en el galeón nombrado Nuestra Señora de Begoña, maestre de plata Pedro Muñiz de Salto; otras 200 … en el galeón San Ambrosio, 200 … en el San Cristóbal, 200 … galeón San Martín, 200 … galeón san Gregorio...1  

   La correspondiente partida de 1.568 barras que fueron enviadas por los oficiales reales de Lima y que pertenecían a la real hacienda, tenía que ser entregada en Sevilla al presidente y oficiales de la Casa de la Contratación para que el rey dispusiera su uso. Normalmente eran amonedadas en la casa de la moneda de Sevilla cuyo edificio se hallaba a escasa distancia de la sede de la Casa de la Contratación. Además de esta partida, en los barcos de la Armada de Tierra Firme de 1605 venían otros conceptos de la real hacienda, como por ejemplo:

   San Roque

   4 2 barras de plata, la primera con ley de 1419, pesa 77 marcos, 5 onzas y media y vale 214 pesos y 4 tomines ensayados; la segunda de ley de 1490, 64 marcos y 10 onzas y vale 212 pesos y 7 tomines ensayados.

    5 Además 6 tejos de oro que valen 502 pesos, 5 granos de buen oro.

6 En otra partida 28 barras de plata que valen 6.677 pesos y 8 reales.

    7 4 tejos de oro, uno de 16 quilates que vale 294 pesos 6 granos, uno de 19 quilates que vale 348 pesos, 2 tomines y 7 granos, uno de 21 quilates y 2 granos que vale 103 pesos 1 tomín, uno de 17 quilates que vale 545 pesos, 1 tomín y 1 grano.

   En otra partida 6 tejos de oro, otra de 8 barras de plata que valen 3.857 pesos y 3 granos, 8.420 patacones por valor de 7.480 pesos 4 reales, otra partida de 117 barras chicas y grandes de la santa cruzada que valen 50.304 pesos, 5 tomines y 8 granos; otra partida de 13.327 pesos en monedas; otra de 822 pesos 7 reales; y otra de 1.377 pesos 5 reales2.

   Como de costumbre, terminadas las operaciones de carga de todos los caudales y mercancías, los barcos tomaron rumbo para el puerto de Cartagena de Indias, penúltima escala indiana antes de emprender el viaje para Sevilla. En esta ciudad por cuenta de la real hacienda embarcaron 72.509 pesos y 10 granos de buen oro de 22 quilates y medio y 610 pesos de esmeraldas3.

   Acerca de la carga de particulares he buscado inútilmente algunos datos, pero no encontré absolutamente nada. Como curiosidad, existen documentos de carga bastante completos del San Roque del viaje de vuelta que emprendió con anterioridad a 1604.

   En la relación de viaje que escribió un tal Juan Rodríguez Aguilera desde Jamaica con fecha 28 de noviembre de 1605 sobre el viaje de esta flota, se cuenta que la armada zarpó de Cartagena el martes, primero de noviembre de vuelta a La Habana. Navegaron todo el día y la noche con viento suroeste y rumbo norte-noroeste. El día siguiente amanecieron sobre Canbadé, mudando el viento al sur. Todos los barcos siguieron con el rumbo norte-noroeste, hasta el domingo siguiente por la noche, que pasó a soplar del suroeste. En ese momento se hallaban en 16 grados escasos y al este de las Víboras (actual Pedro Bank, Jamaica). Al salir el sol cargó de tal manera el viento que se vieron obligados en sacar las bonetas, y con los papafigos de los trinquete y mesana navegaron al este hasta la medianoche, que cambió a norte muy violento y con aguaceros que logró arrebatar el trinquete y bauprés. Vista la situación, se vieron obligados a cortar el árbol mayor. Tras haber alijado gallineros, cajas y dos piezas de hierro colado de las seis que tenían, quedó la nao estanca. A lo largo de este día no fue avistado ningún galeón y tuvieron que navegar con bandolas. El martes día 8 fue avistado el San Martín que también venía desarbolado y por estar el viento en calma no pudieron hablarse. El día siguiente divisaron el San Gregorio también desarbolado y de común acuerdo decidieron los tres dirigirse para Jamaica distante como 20 leguas. Añade Rodríguez que el patache había zozobrado, salvándose la gente en el San Gregorio. A modo de presentimiento dice tener la mala sospecha de la capitana, porque cuando cargó la fuerza del viento estaba junto a ellos y de repente desapareció sin que se volviera a verla4.

   El 18 de noviembre llegó a Cartagena el San Cristóbal hecho trizas, y según el testimonio de Jerónimo Álvarez que en el venía embarcado, pudieron llegar de milagro a puerto. Sin árbol mayor, trinquete, cebadera ni mesana, con solo una bandola, lastimado el timón y toda la popa anegándose, llegando el agua 17 palmos sobre la carlinga destruyendo todos los pañoles y los bastimentos. De suerte que pudieron llegar el 18 a puerto, porque ya no tenían qué comer. Toda la carga del barco fue descargada y puesta a buen recaudo5.

    Más al norte, el gobernador de Cuba, Pedro de Valdés, en una carta que escribió a su monarca el 15 de diciembre, le decía haber recibido un aviso del capitán Juan de Haro desde Jamaica. Embarcado en el San Gregorio, navegando con buen tiempo, el domingo 6 de noviembre, en altura de 15 grados y medio, entre los bajos de Serrana y Serranilla, les sobrevino al anochecer un tiempo malo con viento sureste que a las 2 y media de la noche saltó a norte y con tanta fuerza que se llevó el trinquete tres codos por debajo de la gavia. Al amanecer se hallaron solos y teniendo que recoger a 27 sobrevivientes del patache de la armada. Poco más tarde avistaron al San Martín. Ambos barcos fueron navegando a la vuelta del este-sureste para buscar a la capitana y demás navíos de la flota y el tercer día descubrieron la nao San Pedro (en la que venía Rodríguez Aguilera). Termina diciendo Haro que los galeones que faltaban seguramente debían de estar ya en Cartagena o en Honduras6.

   José Carlos Millás fue un eminente estudioso del fenómeno de los huracanes y meteorología en el área del Caribe. Personas que frecuentaron el Archivo de Indias desde los años 50, me contaron que Millás tenía la costumbre de pasar sus vacaciones de verano investigando en este archivo. En 1968 fue publicado su importante libro titulado Hurricanes of the Caribbean and adjacent regions, 1492-1800 7, que también contiene importantes datos sobre naufragios. Aparentemente, para 1605 no parece que haya conseguido información de primera mano, puesto que menciona la obra de Fernández Duro Armada Española, tomo III, página 488 que, como explicaré más adelante en este capítulo, tiene mucha confusión en lo tocante a las pérdidas de esta armada. Millás indudablemente reconoce que hubo una tormenta en la zona del banco Serranilla. Volveré a mencionar este autor por su destacada labor en el estudio de los huracanes, fenómeno inseparablemente asociado a los naufragios en la Carrera de Indias.

   Volvamos ahora nuevamente a 1605. Las semanas pasaron y nada se sabía de los cuatro ricos galeones desaparecidos, tragados por el mar según la expresión de algunos. Se barajaron todas las posibilidades: unos los daban en Portobelo, otros en la provincia de Veragua, pero los meses fueron pasando y de los barcos ¡nada! Lo que más extrañó fue el hecho que la tormenta duró solamente una noche y algunas horas de la mañana y la capitana fue vista por última vez dos horas antes del amanecer, existiendo el temor que los otros tres barcos hubiesen corrido la misma suerte al ir navegando con rumbo oeste corriendo con los papafigos.

   En repetidas ocasiones fueron enviados barcos a reconocer los peligrosos bajos de la Víbora, Serrana y Serranilla. El 24 de enero de 1606 fue enviado un patache desde Jamaica a reconocerlos, pero no hallaron nada. El primero de abril escribía desde La Habana al rey el general Francisco del Corral, avisándole que el día 28 de marzo llegaron a este puerto los galeones San Martín, San Gregorio y otra nao que venían de Jamaica. Avisa también que se acordó mandar dos fragatas a los mencionados bajos además de tener que ir a la zona del otro llamado Roncador. Las órdenes que el capitán Juan Martínez de Irureta y el alférez Pedro Tosta recibieron del gobernador de Cuba fueron las siguientes8:

1) Deberán ponerse en altura de 28 grados o 28 y medio hasta situarse en posición norte-sur con el cabo de San Nicolás y desde aquí embocar entre este y la punta de Mayán.

  • 2) Pasados estos cabos irán en demanda del cabo Tiburón (actual cap Carcasse, Haití) apartados de la costa, hasta ponerse con el bajo de la Víbora, este-oeste a su barlovento.

  • 3) Estando en su cabeza por la banda del este, irá una de las fragatas costeándolo por la banda del sur y la otra por la del norte. Con poca vela recorrerán todos los bajos, mirándolos con mucho cuidado y sin que las dos fragatas se pierdan de vista.

  • 4) Si una de las dos topara con rastro o señal de la pérdida, hará seña a la otra.

  • 5) Llevarán buzos para descubrir lo que topasen y los harán bucear para que miren, llevando consigo recaudo de lo que hallasen.

  • 6) Siendo oro y plata lo que venía en aquellos galeones y demás cosas de riquezas que traían, procuraran que los buzos saquen la mayor cantidad hasta cargar las dos fragatas, teniéndose que inventariar todo antes de ponerlo en los pañoles.

  • 7) Ninguna cosa deberá ser ocultada ni se permitirá que sea tocada por los soldados o por la gente de mar.

  •  8) En las joyas, perlas, piedras preciosas y cadenas de oro o piezas de plata labrada añadirán particular cuidado tanto en inventariar con claridad cuenta y razón, como en evitar que se oculte algo por ser géneros tan caros.

  •  9) Una vez hechos los inventarios y puesto todo en los pañoles, se cerrará todo con cadenas y candados, sin que se pueda sacar nada, debiéndose también tomar posición del lugar para poder volver con facilidad.

  • 10) Advirtiendo que son cuatro los galeones que faltan no deben conformarse con encontrar el tesoro de uno. Todos han de ser buscados poniendo muchísimo cuidado, ya que es muy grande el valor de cada uno de ellos, y como es imposible que estén los cuatro en el mismo sitio, sin que dieran con diferentes bajos, los buscarán a todos.

  •  11) Si no se hallase nada en las Víboras, se volverán a juntar en la cabeza por la banda del oeste.

  • 12) Tomaran luego la derrota de la Serranilla poniéndose en altura de ella para que no la puedan errar. Llegados a la cabeza de esta y por la banda del este, la bajarán

  • por la banda del norte y del sur echando las barcas al agua para ver si entre los bajos de ella hubiera algún rastro o despojo de los galeones y de hallarse algo se seguirá

  • la orden referida.

  • 13) No hallando nada en la Serranilla, se volverán a encontrar en el bajo de la banda del oeste para seguir en busca del bajo de Roncador en la misma forma que con los demás.

  • 14) No hallando nada en él, se pondrán en sonda del cabo de Camarón (actualmente en Honduras), navegando hasta reconocer las muchas islas y cayos que hay, y como en algunos de ellos hay indios se les preguntará si saben algo. Proseguirán luego hasta situarse en los 16 grados y medio o 17 para reconocer la isla Guanaja y la de San Martín, lugares donde se podrían hallar algunos despojos de mástiles o cajas procedentes de los galeones, por llegar hasta allí las corrientes en las que se podrían haber perdido los mencionados barcos.

  •  15) Desde la isla de San Martín volverán a este puerto sin entrar ni tocar en otro. Habana, 2 de abril de 1606 Firmado: Pedro de Valdés

   Las instrucciones dadas son un tanto gravosas para los dos oficiales encargados de encontrar los restos de los barcos. Yo diría que la intención superaba la realidad, pues, si hoy en día realizar una búsqueda en los mencionados lugares es tarea titánica, imaginémonos en aquel entonces donde la única fuerza motriz era el viento. El bajo de las Víboras, llamado hoy en día Pedro Bank, se halla ligeramente al sur, hacia el sur-oeste, de la isla de Jamaica y tiene casi 90 millas de largo y 20 de ancho. Más pequeño es el banco de Serranilla, con unas 17 millas por 15 y todos los cayos e islas que menciona el gobernador. Era tarea de meses poder encontrar algunos restos, si bien lo más probable hubiera sido que a los pocos meses aún se pudieran ver las estructuras o costados de los galeones asomando de algunos de estos bajos o cayos, como efectivamente así veremos.

   En otra carta del Valdés escrita el 2 de abril de 1606 al monarca, le avisa que en Cartagena se estaban esperando las tres fragatas que fueron enviadas para reconocer la costa de Tierra Firme y que no encontraron nada. En el Escudo de Veragua (Panamá) apareció un bauprés entero con su jarcia y velamen con jimelga y que fue reconocido como perteneciente a la capitana o almiranta, porque ambas los llevaban con jimelgas. Al aparecer entero se juzgó que el barco se debió de abrir por el medio. Añade Valdés que estos cuatro galeones que desaparecieron eran los más fuertes y apertrechados de la armada, y que por esta razón eran los más ricos9.

   Llegados a julio de 1606, el 27 Valdés vuelve a escribirle otra carta al rey desde La Habana. Esta vez la firman también el general de la Armada de Tierra Firme Francisco del Corral y el de la de Nueva España Alonso Chaves Galindo. En ella comunican todas las diligencias hechas para encontrar a los cuatro barcos, que fueron buscados en Tierra Firme, Honduras, Campeche, Nueva España y Florida sin encontrarlos y dándolos por perdidos. Añaden la imperiosa necesidad de dinero que había, pues las pérdidas en caudales fueron muy grandes10.

   Un bonito día de agosto salió de Cartagena la Armada de Tierra Firme de 1606 al mando del general Jerónimo de Torres y Portugal. Tras algunos días de navegación se halló la almiranta próxima al banco de Serrana por la banda del oeste. Cuando estaban sondando se toparon con algo que parecía ser un navío que aparentemente estaba entero como a nueve brazas de profundidad. Inmediatamente fue avisado el almirante para que mandase atravesar el barco y poder reconocer de qué se trataba, ya que parecían ser las escotillas de un navío, pero el almirante no quiso detenerse, ordenándole a todos que no contaran nada de lo sucedido. Pero el gobernador de Cuba llegó enterarse y mandó que se investigara el asunto. El 11 de diciembre hizo comparecer al capitán de mar y guerra Miguel Pérez de Amezqueta que venía embarcado en el galeón San Bartolomé para que declarara acerca de lo ocurrido. Dijo que habían zarpado de Cartagena el 20 de agosto y como ocho o nueve días después dieron con los bajos que le llaman la Serrana. Al amanecer, hallándose en siete brazas de la parte sur del bajo, fue avisado que estando sondeando Cristóbal Sánchez, ayudante de piloto y un marinero, este descubrió un navío en el fondo donde iban sondando; fue entonces llamado el almirante para que lo viese y comprobase que estaban en la Serrana, primero en siete brazas y después, al alejarse del bajo, en nueve. Dijo Pérez que el almirante exclamó: “anda que no puede ser, que os engañáis” y en lugar de detenerse mandó izar la vela de la gavia adelantándose a la capitana. Al estar sondando por la banda de estribor, que era por donde salía el sol, lo visto no podía ser la propia sombra del barco reflejada en el agua, como afirmó luego el almirante11.

   Hay que considerar que por estar este bajo en la ruta entre Cartagena y La Habana, con anterioridad a 1605 seguramente muchos barcos se perdieron en él sin que necesariamente haya sido uno de los cuatro de la armada de Luis Fernández de Córdoba. No en vano el nombre de Serrana viene de Pedro Serrano, que naufragó en aquel inhóspito paraje hacía 1526. Llegada esta noticia a la corte, ordenó el rey a Valdés que dispusiera para que los buzos negros de Santa Marta fueran a reconocer el lugar. La misma orden fue enviada al gobernador de esta ciudad hoy parte de Colombia12.

   Finalmente, el 15 de enero de 1608 y siempre desde La Habana, los oficiales reales de Cuba avisan que la armadilla que fue a buscar los galeones (otra más) a la Serranilla y a la Serrana, no encontró ni rastro de ellos y añaden que todo ocurrió porque “por nuestros pecados había permitido Nuestro Señor su perdición en el mar”13.

   Hasta aquí la información que en 1986 recopilé con relación a la desaparición de estos cuatro barcos. Hay que añadir que el insigne autor Cesáreo Fernández Duro, en su Armada Española14 arma un buen lío con estos barcos, pues primero los da como perdidos en la Serranilla en 1604, cuando esta armada llegó a España, sin novedades, en diciembre de 1604. La verdad es que, muchos documentos dan la impresión que hubiera llegado en 1605, como los que están en el legajo de la sección de Contratación numero 4.920, pero no es así. Ya en 1605, Duro da como perdidos estos mismos barcos en la costa venezolana de Cumaná y finalmente en 1606 como viniendo con la flota unida de Nueva España y de Tierra Firme con 8 millones de pesos. Es posible que le confundiera un documento de 1612 que se refiere a que Tomás de Cardona estaba obligado a bucear estos cuatro galeones naufragados cerca de Cumaná15.

La isla del tesoro

   En 1616, Trujillo (de Honduras), era una aldea con pocos habitantes y puerto de salida de la Armada de Honduras que con cierta regularidad zarpaba para España con los productos de Centro América. En realidad más que una armada era una flotilla, normalmente compuesta por capitana y almiranta y, esporádicamente, por algunos barcos más. La ciudad domina una hermosa bahía que daba cierto abrigo  los barcos, pero esto no fue razón suficiente para impedir que muchos naufragaran en sus cercanías.

   La información que seguidamente voy a relatar, era de difícil o casi imposible lectura hasta el año 1989, y solamente con posterioridad y gracias al proyecto de digitalización del Archivo de Indias, que comenzó en 1988, fue posible leerla, si bien con ciertos esfuerzos. El texto fue escrito en escritura procesal y las letras del recto y verso de cada página, coincidiendo estar en la misma altura, debido a la humedad que fue expuesto el papel del legajo, se han sobrepuesto. Con la digitalización, se puede eliminar casi la totalidad del problema y leer el contenido en su integridad. Son en total 181 folios y forman parte de la sección Guatemala, legajo 14 del AGI.

   El 3 de agosto de 1616, estando en ella el oidor de la real audiencia de Guatemala, Gaspar de Zúñiga como visitador general (inspector) y verificando con ojo vigilante los intereses de la corona, llegó una barca con unos españoles harapientos, esqueléticos y más muertos que vivos a bordo. Esto no podía pasar inadvertido al oidor, que inmediatamente mandó que se tomaran las pertinentes declaraciones. El primero en declarar fue Blas Yáñez, capitán de la nao nombrada Nuestra Señora de la Consolación, que había venido desde Castilla (España) en conserva de la Armada de Tierra Firme y que venía de la isla de Margarita (Venezuela). Una vez descargado, hicieron rumbo para Cumaná, donde cargaron tabaco y otros géneros y finalmente zarparon para España con la intención de volver a incorporarse con la Armada de Tierra Firme. Llegados a Jamaica (entonces colonia española), hallándose sobre la punta del Negrillo fueron atacados por una urca flamenca y apresados. Posteriormente fueron llevados hasta el cabo de Gracias a Dios (actualmente en Honduras) y fueron despojados de la carga, velas, municiones y un ancla. Cuando estaban surtos sobre el dicho cabo se unió al grupo un tercer barco de piratas ingleses. Estando cerca de la costa, fueron a hacer aguada con una barca y una vez en tierra, un flamenco se unió a ellos, mataron algunos de los piratas y se escaparon con intención de llegar a Trujillo. Más tarde fueron atacados por indios belicosos que mataron a dos españoles. Desde allí decidieron que una parte del grupo siguiera por mar para buscar socorro en Trujillo, esperándolos los demás como a catorce o quince leguas de esta ciudad sobre un río grande (seguramente el Aguan). Dijo el declarante que el barco flamenco era de porte de unas 140 toneladas y llevaba ocho piezas de artillería y 36 tripulantes. El inglés era de 80 toneladas, 26 tripulantes y 6 cañones. Tenía Yáñez “poco más o menos 40 años” y era natural de Sevilla.

   El segundo en declarar fue Marcos Ferrer, también natural de Sevilla. Dijo que había salido de Cumaná el 14 de mayo con el barco de Yáñez para dirigirse a La Habana. El 26 de junio, estando sotavento de Jamaica y sobre la punta del Negrillo, vieron una vela dándole caza, y a las dos horas los abordaron y apresaron. Luego los llevaron hasta el cabo de Gracias a Dios. El resto de lo declarado no se diferencia en mucho de lo anterior de Yáñez.

   De igual manera declaró Cristóbal Sánchez, vecino de Triana en Sevilla, calafate del barco de Yañez. Sánchez solamente añadió que entre las personas que se quedaron donde el río grande, había un tal Simón, piloto.

   Llegados a Trujillo los que se habían quedado en el río grande, el 8 de agosto compareció ante el oidor Simón Zacarías, flamenco, juntamente a otras seis personas, entre estos algunos esclavos negros que venían en el barco de Yañez. Consta por las declaraciones que Zacarías venía en la embarcación flamenca que apresó al Consolación sobre la punta del Negrillo. Cuando los españoles mataron a los piratas en la expedición que fue a por agua, el flamenco no tenía con qué volver a su barco y siguió con el grupo que quería ir a Trujillo. Inmediatamente ordenó Zúñiga que fuera puesto en la cárcel para “que sea castigado”. La cosa no estaba para bromas. La acusación de piratería y, posible herejía, significaba la horca.

   Este mismo día comenzó a recopilar la información contra el flamenco el siempre diligente oidor. Los varios testigos, grosso modo declararon todos lo mismo: una vez muertos los piratas de mano de los españoles, Zacarías optó por su propia voluntad ir con ellos hasta Trujillo. Era nativo de Amberes y ejercía el oficio de piloto.

   El día siguiente fue Zúñiga a la cárcel a tomarle confesión al flamenco. Dijo ser cristiano y católico. Juró por Dios nuestro señor, Santa María y por la señal de la cruz. Declaró ser natural de Amberes en tierra de Brabante, que es del rey nuestro señor (de España). Es de edad de 40 años, bautizado y cristiano por la gracia de Dios. Dijo que había salido de Amsterdam seis meses antes. Entonces le preguntó Zúñiga, ¿por qué siendo vasallo del monarca su señor cristiano y católico se fue a tierra de luteranos? A lo cual contestó que todos los mercaderes de Amberes tienen trato común con Holanda.

   Seguidamente le preguntó si era verdad que fue con el barco de corsarios por la costa de Jamaica y sobre la punta del Negrillo. Contestó afirmativamente.

    Admitió otros hechos que lo imputaban en otras comprometedoras preguntas.

   Una pregunta interesante fue: por qué si es católico andaba con un barco de corsarios robando, a lo cual respondió que fue como piloto desde Holanda para la Palma con licencia del duque Mauricio y desde allí a Garachico (Tenerife) a cargar vino y ya de vuelta, por un temporal que les dio, arribaron a Inglaterra, donde el capitán del barco vendió la carga y le mandó el dinero a su mujer en Holanda. Volvió a tripular el barco con flamencos e ingleses y por haber sospechado Zacarías y el carpintero de a bordo que querría ir a robar, los esposó y encerró hasta llegar a la isla de Madeira.

   No debió de impresionar mucho al oidor la confesión de Zacarías puesto que volvió a llamar a declarar algunos de los testigos que lo hicieron con anterioridad y poder así verificar mejor cuanto había contado o “cantado” el flamenco. La verdad era que si bien estuvo con los corsarios nunca dio la impresión de formar parte de su grupo, y no dudo en ayudar a los españoles llegando a darles comida. Estas declaraciones siguieron confundiendo al oidor, que ante las dudas siguió inquiriendo. Todos los testigos dijeron que habían escuchado que Zacarías manifestó ser cristiano y católico y que estaba en el barco del corsario porque fue forzado venir en él.

   Pero el bueno de Simón Zacarías, a pesar que estaba contando la verdad, la contaba camuflando otros hechos de gran trascendencia que por el momento los tenía bien guardaditos (podríamos decir que estaba contando verdades a media).

   Al final, el 26 de agosto, decidió Zúñiga enviar la causa al presidente de la real chancillería de Guatemala para que decidiera sobre el asunto. Como dice el proverbio “las cosas de palacio van despacio”, el 22 de septiembre y desde San Jorge del Valle de Olancho, a unos 100 kilómetros de Trujillo, donde se trasladó el oidor, uno de los españoles que venían en la Consolación llamado Juan Rodríguez Moreno, le dijo al oidor que un inglés le había contado que el flamenco Simón Zacarías sabía de una isla donde había un gran tesoro de galeones perdidos de su majestad que habían varado en ella y que Zacarías había escondido en ella parte del tesoro. Seguramente  la palabra tesoro hizo el efecto de un tic en la cabeza del oidor, que inmediatamente da las órdenes oportunas para que declare Rodríguez, natural de la isla de la Gomera, en las Canarias, para “empaparse mejor” de esta historia de la isla y del tesoro. Este confirmó cuanto dijo, ya que también le contó Zacarías que había escondido en una isla mucho oro y plata de algunos barcos perdidos. El asunto se estaba poniendo interesante y picó aún más la curiosidad del oidor ¡Era necesario matizar más! Al preguntar si el declarante supo o entendió por el capitán inglés o por otros, que navíos eran los que se habían perdidos en la isla y en qué año, contestó que eran dos galeones del rey (de España) y que se perdieron harán diez años (1606). El piloto flamenco le contó que llegó a la isla perdido y vio unos de los navíos entre dos peñas y que había sacado barras y cajones de plata y oro y que escondió todo en la isla. La historia se estaba poniendo al rojo vivo: galeones, cajones de oro y plata, tesoros escondidos. Esto bien merecía una ulterior investigación. Ya no era cosa que la declararan terceros, había que escuchar al propio Zacarías. El 23 de septiembre lo hizo comparecer en San Jorge de Olancho para que declarara sobre una isla que está en altura de cabo Camarón y en 16 grados con un tercio.

   Dijo que hace cinco años estando en la ciudad de Dunkerque, un mercader llamado Lamer le despachó con una nao de 80 toneladas por maestre para que fuese a las Canarias para cargar vino y en la travesía fueron abordados por un navío grande de franceses que lo apresaron y llevaron consigo hasta Brasil y luego pasaron al cabo de la Vela, en Tierra Firme (Colombia). Seguidamente fueron a la isla de San Andrés (Colombia), donde estuvieron tres semanas haciendo aguada y desde allí a las islas de los Mosquitos (seguramente se refiere a Cayos Miskitos) y después al cabo de Gracias a Dios y estuvieron en unas islitas que distan como 20 leguas y que están en 16 grados (Cayos Cajones, Honduras), donde se quedaron tres o cuatro días, saliendo luego para la isla de Cuba. A los dos días de navegación, y aproximadamente en altura de 18 grados, les dio un temporal grande y vararon en tierra en “unos bajos que allí están” ahogándose 18 personas y quedando vivos solamente dos franceses, uno llamado Julián de 70 años y el otro Nicolás. Ellos quedaron vivos porque quisieron quedarse en el navío y no se embarcaron en la chalupa, que fue volcada por un fuerte golpe de mar ahogándolos a todos. Todo esto ocurrió de noche. Con las primeras luces del día comenzaron a construir una balsa con los restos del barco, y se fueron a tierra, llegando a una isla muy alta que tiene tres leguas de largo y media legua de ancho. Estuvieron en ella siete semanas y con los restos de su barco naufragado construyeron un batel y con este dieron una vuelta a la isla, hallando en la banda del sur-este un pedazo de navío, como una cuarta parte de él, al parecer español, que debía tener 700 u 800 toneladas de porte, que le pareció ser algún galeón de su majestad. Visto aquello saltaron en tierra en la playa de la isla, hallando no muy lejos cinco cruces de madera clavadas en tierra, y vistas estas entendieron que eran de españoles perdidos. Cerca de allí encontraron dos o tres casillas de paja, y otra más grande un poco más lejos cuya mitad se había caído. Dentro encontraron los huesos de una persona con su calavera. Allí fuera, debajo de un árbol grande, había una caja cerrada que abrieron con un martillo, hallando en ella ropa de vestir de hombre, varias camisas blancas y documentos, todo roto y podrido. En la caja también venía un pedazo de plata maciza, en una perulera varias sortijas de oro y una vuelta de cadena de oro. Enterraron todo debajo del árbol juntamente con los huesos del cadáver. Seguidamente volvieron al pedazo de navío y entraron dentro y vieron muchos cajones y cajas que estaban cubiertos de agua, y para poderlos ver subieron por la banda de proa, pero siendo solamente tres no hicieron diligencias para sacar algún cajón y ver lo que tenía dentro. También dijo que en la isla hallaron oro natural (en pepas). A los diez días se fueron para la isla de Cuba con el batel que construyeron. Llegados como a 30 leguas de La Habana, donde hay un río (seguramente el Cuyaguateje), fueron interceptados por un barco inglés que los apresó y llevó primero a la isla Bermuda y después a Inglaterra.

   Hasta aquí es indudable que la historia de Zacarías puede parecer fruto de su fantasía para salvar el pellejo (muchos piratas, para ganar tiempo al verse cogidos contaron “cuentos” de tesoros enterrados o escondidos), pero no cabe duda que el flamenco estaba contando una historia que, hasta allí, tenía cierta credibilidad, pues, al fin y al cabo el oidor seguía preguntando e inquiriendo después de más de quince días.

   La siguiente pregunta que le formuló fue de dónde sacó el oro natural que dijo llevaba en el batel, a lo cual respondió que en la isla hay un río grande, que cuando llueve arrastra mucho oro en pepitas.

   Al encontrarles los ingleses  as pepitas y dinero que llevaban, obviamente preguntaron de donde salía todo, a lo cual el flamenco le contestó vagamente sobre la ubicación de la isla. Una vez en Inglaterra y puesto al pobre Zacarías bajo custodia con grilletes, dieron aviso a un rico mercader de Londres llamado Tomás Met (sic) que financió un viaje a la isla con dos navíos. Una vez que llegaron al Caribe nunca quiso decirles donde estaba la isla mareándolos, tanto fue así que al final decidieron volver a Inglaterra. Añadió que siempre fue su intención dar aviso de ella a su señor, el rey de España de la misma forma que quiso avisar sobre la isla de Santa Catalina, que se halla en altura de 13 grados y medio y a 40 leguas del cabo de Gracias a Dios, donde hay mucha riqueza de oro y perlas, según le contó a él el capitán inglés. Preguntó Zúñiga a cuantas leguas y de qué puerto estaba la isla donde encontró el galeón, respondió que a 70 leguas de la isla de Guanaja y en 18 grados. Se dejó caer entonces don Simón, y dijo que con una fragata pequeña podría llegar a ella sin perderse.

   Ya estaba tendida la trampa, porque Zacarías tocó la tecla que desde siempre ha funcionado perfectamente: la codicia humana. Sopesado seriamente el asunto y visto el grande beneficio que podía aportar a su monarca, decidió pasarle el muerto a la audiencia de Guatemala, y en efecto, el 14 de noviembre el presidente de la audiencia, Antonio Peraza de Ayala, Diego Gómez y el licenciado Juan Maldonado de Paz, oidores, habiendo visto los autos que Zúñiga remitió decidieron avisar a su monarca en la lejana Castilla. Aprovechando que Zacarías estaba preso en los calabozos de la audiencia, Maldonado le quiso dar otra sesión de interrogatorio y lo hizo comparecer para seguir preguntando.

    Al preguntarle desde cuánto tiempo hacía que navega respondió que desde que tenía 7 u 8 años había venido a Sanlúcar de Barrameda. Hizo cinco viajes a Indias, y harán 14 o 15 años fue con (el general) Luis Fajardo a Tierra Firme (efectivamente, Fajardo fue a Tierra Firme en 1601 y regresó en 1602). Viajó en un barco cuyo dueño se llamaba Simón Amador. En Dunkerque compró un navío de 80 toneladas y siguió contando como fue robado y llevado a Brasil, etc. etc., parte que ya es conocida por el lector.

   Si bien esta declaración repite algunos detalles ya conocidos, es digno de mencionar un párrafo que aporta un nuevo dato muy importante para comprender más adelante todo el enredo que se formará. Dijo que la isla no estaba en las cartas de marear (cartas náuticas). Ya conoceremos la razón.

   Otro dato nuevo es que salieron a tierra hacía la banda del nordeste de la isla, donde su navío se perdió. Siguieron rodeando la isla buscando gente y comida y llegados a la banda del sureste etc. etc. Añadió Zacarías que también encontraron una caja con 7.000 pesos, que no la había declarado a Zúñiga. Siguiendo con su declaración con Maldonado, añadió además que vieron un cabrestante grande y la mitad de un corredor de navío. Anduvieron en la mar legua y media y vieron encallado entre peñas un navío al parecer de 600 o 700 toneladas hundido como seis o siete brazas. Subido a bordo, vio tres grandes piezas de artillería, de bronce, como de 40 quintales (1.840 kilos), y que el navío estaba muy firme encajado entre las peñas y que es uno de los galeones de su majestad que se perdieron en 1605.

   ¿Cómo supo Zacarías que era uno de los galeones de 1605? Tenga paciencia el lector y poco a poco llegará a conocer la razón.

   Volviendo a cuanto estaba declarando Zacarías, otra importante pista nos la da al afirmar que uno de los dos franceses que se pudieron salvar del naufragio en la isla había sido minero y que en ella había mucho oro, tanto fue así que él en media hora lavó cuatro libras en un arroyo que hay allí, llegando el ex minero a exclamar que era la mayor riqueza que jamás había visto. Sigue contando que seguramente en los bajos que hay alrededor de la isla se podría encontrar algún otro galeón de los que se han perdido por ser una isla desconocida y no venir en ninguna carta de marear. Dando de manera esporádica indicaciones de cómo era la isla como si de repente se fuera acordando de algún nuevo detalle, dijo que tiene una ensenada grande en la banda del sur y que se fueron de la isla en el batel que hicieron a las siete semanas por falta de comida, que medía catorce pies de largo por tres y medio de ancho (¡Vaya memoria!).

   Zacarías le amplía la información a Maldonado, y a cada nueva declaración podemos conocer más y más detalles de la misma forma que él los va relatando. Llegados con el batel a veinte leguas de La Habana sobre un río llamado Puercos fueron apresados por la gente de un navío inglés que allí estaba haciendo aguada. Los ingleses les quitaron las cuatro libras de oro y 300 pesos que llevaba, siendo una parte de uno de los franceses que se murió en el transcurso de la travesía. Desde Cuba fueron a la isla de Bermuda, donde dice que estuvo siete meses y de la cual da una descripción minuciosa a Maldonado. Llegado a Londres el barco, lo tuvieron cautivo en casa de un mercader llamado Tomás Met, que hizo preparar dos barcos de50 toneladas para volver con una expedición a la isla y llevarse el tesoro. Per nuestro protagonista logró escaparse en un navío y llegar al puerto alemán de Emden,y de allí pasó a su Amberes natal.

   Desde este puerto fluvial emprendió viaje a las islas Canarias, concretamente a Tenerife y La Palma, donde cargó vino para Inglaterra. Al llegar fue reconocido por un inglés que se lo contó a su capitán, y visto y considerado que sabía de la “isla incógnita”, le volvieron a apresar y a embarcar para ir a buscarla. Seguramente el barco donde venía preso llevaba mercancías de contrabando para no perder la oportunidad de hacerse con un dinerillo extra el que financió la búsqueda del tesoro de la isla, porque estando en Jamaica, Zacarías se escapó y una vez libre quiso ir avisar el gobernador, aunque un mulato que encontró por el camino le dijo que no fuera a la ciudad, porque seguramente le ahorcarían por pirata, no creyendo nadie su historia Nuestro personaje se lo pensó bien y al final convino que tenía razón y que era mejor volver al barco, como en efecto hizo. Algunos días más tarde, apresaron al Consolación con este mismo navío.

   Insistió mucho en declararle a Maldonado que no le había revelado a nadie la ubicación de la isla y el francés que vino con el, por no entender de las cosas de la mar, fue dejado libre. Así que el único en conocer el secreto era él.

   El folio numero 79 recto de los mencionados autos corresponde a una lista de objetos que enterró y que consta de: 37 barras de oro con un palmo de lago cada una y dos de ancho, 3 grandes cadenas de oro con piedras preciosas, 550 barras de plata ensayada, 160 cajones de monedas, 3 cajones de oro en barras, 3 planchones de oro muy grandes que a su parecer pesaban cada uno cuatro arrobas, además del resto de los caudales que venían en el galeón y su artillería, habiendo dejado enterrado el tesoro junto a un hombre muerto para más seguridad (de que nadie pudiera encontrarlo). Todo esto ocurría en la ciudad de Santiago de Guatemala el martes 17 de enero de 1617, entre las 2 y las 3 de la tarde.

   Tres días después manifestó ante el gobernador de Guatemala, que en la isla de los Mosquitos había ámbar en cantidad y que lo enterrado por él en la otra isla valía más de un millón de pesos además del valor del oro de la mina16. En el legajo de la sección Contratación numero 4948-A del AGI, hay una lista detallada de la artillería que el San Roque montaba. Doy a conocer al lector el texto referente al primer cañón de la indicada lista:

Una media culebrina de bronce con sus asas y muñones y sus follajes, y debajo Una media culebrina... (AGI, Contratación, 4948-A). de los muñones sus armas reales con la  corona imperial y pendiente de ellas el tusón y un letrero que dice: don Felipe segundo rey de España, y más abajo otra tarjeta con un letrero que dice: don Juan de Acuña, su capitán general del artillería, año de 1595, y en la culata su número de peso de treinta y cinco quintales y ochenta libras y tira balas de doce libras, con sus “encavalgamentos” y ruedas herradas.

   En total llevaba 24 cañones de bronce, el más pesado de los cuales tenía 52 quintales y 80 libras (2.428,8 kilos) y tiraba balas de 14 libras.

   Terminado este breve paréntesis sobre la artillería, sigamos con el relato. Oír hablar de tanto oro enterrado debió de hacer mella en Maldonado, porque se lo pensó bien y ofreció pagar de su bolsillo una expedición para ir en busca de la “isla incógnita”. En efecto, el 28 de enero es emitido un decreto y, entre otra cosa se dice que el galeón perdido, era uno que llevaba a su cargo don Luis de Córdoba que se perdió en el paraje de la isla… Esta es la primera vez que se menciona de forma explícita el nombre de este general y se le vincula con la isla que Zacarías encontró. Con el decreto quedó autorizado Maldonado en ir a su costa a buscarla con el flamenco17.

   Pero el bueno de don Simón tenía su as, mejor dicho, sus ases en la manga y la verdad es que fue un hábil estratega. Sigamos con la isla.

   Existe una copia detallada de la segunda declaración de Zacarías acerca del tesoro que encontró y enterró en la isla. Es interesante conocer su texto íntegro dado su contenido revelador.

  • Simón Zacarías, piloto residente en esta ciudad, con la mejor vía y forma que dio lugar, digo que con celo de servir a Dios nuestro señor y a su majestad por lo que tocó al aumento de su real haber, manifiesta ante vuestra señoría, de más del que se ha manifestado ante los señores licenciados don Gaspar Zúñiga y licenciado Juan Maldonado de Paz, oidores: 37 barras de oro… 3 cadenas de oro… 550 barras de plata… 160 cajones de monedas… 3 cajones de oro en barras….., 3 planchas de oro…

   Muy intrigante es esta parte de la declaración:…

además de esto toda la artillería que hubiere en un galeón que tengo dicho perteneciente a su majestad, y toda la plata, oro y joyas que hubiere en el dicho galeón, demás de lo cual manifiesto todos los minerales de oro que tengo dicho, el cual dicho tesoro dejé enterrado en la isla18. 

   Me dejó pensando la tajante afirmación de que fuera un galeón del rey el que encontró, pues en las anteriores declaraciones no hay elementos suficientes para poder comprender la razón, salvo que se refiriera al hecho que, siendo un barco español, perteneciera a esta nación y por ende al soberano que la regía, aunque por otra parte podría efectivamente ser un galeón perteneciente a la corona, al fin y al cabo la artillería pertenecía a su majestad.

   Siguiendo con mi investigación en este asunto de la isla, encontré otro documento que me ayudó entender, si bien no de manera contundente, el por qué de la afirmación del héroe de nuestra historia.

El 10 de octubre de 1617, desde Sevilla, Francisco de Tejada escribe una carta al presidente del Consejo de Indias avisándole de dar noticia del contenido de la misma al rey. Este es otro texto muy interesante que voy a transcribir literalmente:

  • Al señor marques de Salinas que está en el cielo, envié ese capítulo de carta que vino con un navío de aviso de Nueva España, aunque parecía cosa de poca sustancia.

   En carta del 23 de diciembre de 1616 escrita en México por Melchor Arce de Argumedo, está el capítulo siguiente:

  • De los galeones que en el año de 1.605 se perdieron se ha dicho aquí por cosa cierta, que en la costa de Honduras se ha hallado uno, que es la capitana que con la gran tormenta varó en tierra y se hizo pedazos y saltó la gente en tierra en una isla despoblada donde no había que comer, y muriendo todos de hambre. En un cobertizo chico que hicieron de piedra hallaron muchas barras de oro y plata y un hombre muerto sentado y seco con un Cristo junto a si y una imagen de nuestra señora y el estandarte real, por lo cual se entendiera que es el general, que se quedó allí traspasado de hambre, y todo alrededor estaba lleno de cuerpos muertos. Estas son las cosas de la mar.

   Queda de esta manera perfectamente aclarado el por qué Zacarías afirma tajantemente que el galeón que encontró era la capitana desaparecida en 1605 y las razones son contundentes.

   Sigue diciendo Tejada en la dicha carta que había recibido otra más de diferente persona afirmando lo mismo además que, por otras gentes que llegaron en la misma flota, que el autor del hallazgo era un inglés que se perdió en una ensenada de aquella costa19.

 

1. AGI. Contaduría, 1.472.       

2. Ibidem.

3. AGI. Contaduría, 1.385.

4. AGI. Indiferente General, 1.122.

5. AGI. Ibidem

6. AGI. Santo Domingo, 100.

7. Millás, José Carlos. 1968. Hurricanes of the Caribbean and adjacent regions, 1492-1800. Academy of the Arts and Sciences of the Americas. Miami, Florida.

8.   AGI. Santo Domingo, 100.

9.   AGI. Santo Domingo, 100.

10. AGI. Ibidem, 129

11. Santo Domingo, 100.

12. AGI. Indiferente General, 2.497.

13. AGI. Santo Domingo, 119.

14. Fernández Duro, Cesareo. Armada Española, volumen III, pág. 488.

15. AGI. Indiferente General, 2.699.

16AGI.Contratación, 4948-A.

17.   17. AGI. Guatemala, 14.

        18. AGI. Guatemala, 65.

        19. AGI. Indiferente General, 1.859.

 

Claudio Bonifacio  

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